- Oye mi hijo, si tu abuelo me hubiera
platicado nada más muy
bonito
la historia del arado, como dices que hacen en la escuela, jamás habría
aprendido a arar. Tu abuelo, me apretujaba las manos con el mango del arado,
mientras la yunta jalaba recio. Así poco a poco me fue dejando solo. Al
principio, me arrastraba la yunta con todo el
rastrojo atorado en mis huaraches huangos que los traía hasta la
rodilla. Mi camisa volaba en la espalda como alas de guajolote enojado al
pelear. Con el ventarrón y los remolinos que se divertían levantando hojas
secas, cenizas y todo lo que encontraba a su paso del sembradero. Las
carcajadas del abuelo retumbaban como tambora, haciendo ecos en las cordilleras
de las montañas, Aquello era un ruidero, como el que se arma en las fiestas del
pueblo. Tu abuela, desde el jacal, con un tizón humeante en la mano, a un lado
del metate, reventaba su gaznate con gritos como si fueran de chicharras panzonas
al anochecer... Era muy divertido. Hubieras oído los ladridos chillones de los perros que me seguían de a montón; de
seguro pensaban que me iba escapar con la yunta. Ya ves, uno de chamaco, eso me
divertía, me emocionaba mucho. Después,
le fui agarrando la maña. Ya no era tan fácil que me volvieran a arrastrar, ya
podía arar solo. ¡Con tu abuelo, había aprendido a arar arando! y no, como dices
que hacen en la escuela, donde nada más te sientan sin preguntar, supuestamente
para que seas muy intelectual.
Que si supieran lo que dicen los que estudian
el cerebro, que éste solamente aprende con la acción, con el movimiento, con la
experiencia.
Como
dicen en el pueblo, el trabajo despierta
la cabeza y desenvuelve el cuerpo y, tu corazón se emociona trabajando con otros.






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