martes, 13 de enero de 2015

El corazón se emociona



- Oye mi hijo, si tu abuelo me hubiera platicado nada más  muy
bonito la historia del arado, como dices que hacen en la escuela, jamás habría aprendido a arar. Tu abuelo, me apretujaba las manos con el mango del arado, mientras la yunta jalaba recio. Así poco a poco me fue dejando solo. Al principio, me arrastraba la yunta con todo el  rastrojo atorado en mis huaraches huangos que los traía hasta la rodilla. Mi camisa volaba en la espalda como alas de guajolote enojado al pelear. Con el ventarrón y los remolinos que se divertían levantando hojas secas, cenizas y todo lo que encontraba a su paso del sembradero. Las carcajadas del abuelo retumbaban como tambora, haciendo ecos en las cordilleras de las montañas, Aquello era un ruidero, como el que se arma en las fiestas del pueblo. Tu abuela, desde el jacal, con un tizón humeante en la mano, a un lado del metate, reventaba su gaznate con gritos como si fueran de chicharras panzonas al anochecer... Era muy divertido. Hubieras oído los ladridos chillones  de los perros que me seguían de a montón; de seguro pensaban que me iba escapar con la yunta. Ya ves, uno de chamaco, eso me divertía, me emocionaba  mucho. Después, le fui agarrando la maña. Ya no era tan fácil que me volvieran a arrastrar, ya podía arar solo. ¡Con tu abuelo, había aprendido a arar arando! y no, como dices que hacen en la escuela, donde nada más te sientan sin preguntar, supuestamente para que seas muy intelectual.
 Que si supieran lo que dicen los que estudian el cerebro, que éste solamente aprende con la acción, con el movimiento, con la experiencia.
Como dicen en el pueblo, el trabajo  despierta la cabeza y desenvuelve el cuerpo y, tu corazón se emociona trabajando con otros.

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